Cuevas de Hércules

Las Cuevas de Hércules suponen uno de los puntos más interesantes de ese “Patrimonio Desconocido” revitalizado por el Consorcio. Estamos ante unos restos romanos ubicados bajo el solar de la Iglesia de San Ginés, tan difíciles de encontrar en el laberinto de calles toledanas como discreta es su entrada. Sin embargo, el esfuerzo merece la pena para descubrir uno de los episodios de la historia de Toledo más apasionantes.

Las Cuevas de Hércules son, en realidad, un antiguo depósito de agua romano del siglo I. Se trata del lugar en donde se almacenaban las aguas procedentes del acueducto para ser distribuidas a los habitantes de la ciudad. La visita actual permite observar un depósito formado por bóvedas paralelas y estancias separadas por arcos.

Además del interés que despiertan estas cuevas por ser parte de ese patrimonio de época romana, tan escaso en la ciudad de Toledo, las Cuevas de Hércules suponen el verdadero emblema de la ciudad, por ser el punto de origen de las leyendas acerca de la fundación de Toledo. Leyendas que ya empezaron a circular en la Edad Media y que tienen como protagonista a uno de los héroes griegos más universales, a Hércules.

La presencia de un héroe griego como Hércules en Toledo, tampoco es tan extraña si tenemos en cuenta el peso que tiene la mitología griega en la cultura occidental. La gran mayoría de las ciudades de nuestra geografía y de muchos puntos de Europa sitúan su origen o su fundación en un personaje de la mitología griega y Toledo no podía ser menos.

No se sabe el motivo de que Hércules fuera a parar a Toledo, pero el caso es que casi todas las fuentes antiguas lo sitúan como el fundador de la ciudad. Y parece ser que el héroe tenía sus dependencias palaciegas en este lugar en el que hoy nos encontramos las Cuevas, utilizando la parte de arriba como vivienda y los sótanos como lugar para practicar sus artes mágicas.

Esas dotes de brujo de Hércules se cuentan en la leyenda que habla de la invasión de los árabes. Dicen que Hércules había dejado una profecía guardada en un cofre cerrado por un candado de oro. La premisa era no abrir ese cofre bajo ningún concepto y que los sucesivos reyes o gobernantes de la ciudad añadieran un candado cada uno. Así lo hicieron hasta que llegó el último rey visigodo, Don Rodrigo.

A Don Rodrigo le pudo más la curiosidad y la avaricia y se negó a colocar otro candado más en el cofre heredado de Hércules. Al contrario, se decidió a abrirlo frente a la negativa de todos los sabios de la ciudad. Reunió a unos cuantos hombres y abrieron todos y cada uno de los candados que durante tantos años habían ido poniendo los Reyes de Toledo.

Lo que vieron Don Rodrigo y sus hombres en cuanto abrieron el cofre, no lo entendieron en ese momento, pero se quedaron aterrorizados por las sombras que aparecieron de hombres de extraños ropajes montados a caballo que arrasaban la ciudad. Aunque salieron rápidamente de las cuevas, esa imagen no les abandonó, hasta que en el año 711, los árabes invadieron la Península Ibérica y pronto llegaron a Toledo.

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