Jardines del Tránsito

Los jardines del Tránsito: entre el Greco y la Judería un agradable sitio para pasear por toledo. La gran cantidad de monumentos y museos que tiene la ciudad de Toledo puede dejarte abrumado, por lo que es conveniente intercalar visitas y tiempo de descanso. Por eso es importante dedicar, al menos, un fin de semana a visitar la ciudad, ya que en un día no te va a dar tiempo de disfrutar de todas sus recursos turísticos y culturales. Así, queremos centrarnos en uno de los lugares de descanso que más magia encierra en Toledo.

Los jardines del Tránsito suponen una de las escasas zonas verdes del Casco Histórico de Toledo. Puedes acceder a estos jardines en tu ruta por la judería, una vez que hayas visitado el Monasterio de San Juan de los Reyes y las Sinagogas. Se trata de un lugar único por su situación estratégica, con un mirador al río Tajo desde donde puedes ver los famosos cigarrales.

Un momento para la calma y la reflexión ya que, además de la perspectiva sobre el Tajo, los Jardines del Tránsito se encuentran entre dos mundos diferenciados: la judería y el Greco. Desde los Jardines puedes contemplar la fachada del Museo Sefardí y, a su lado, la entrada del Museo del Greco. Al mismo tiempo, obtienes una vista de la escultura homenaje al judío Samuel Leví y del monumento que conmemora la presencia del Greco en Toledo.

Los Jardines del Tránsito te gustarán por ese momento de transición entre la cultura judía y el mundo del pintor cretense. Un momento y un lugar perfectos para asimilar todo lo que has visto hasta ahora y obtener la energía que necesitas para adentrarte en uno de los platos fuertes de Toledo: el Greco.

Aunque en la actualidad los Jardines del Tránsito son un lugar de descanso, no siempre fue así. Y es que te encuentras en el lugar donde tuvo lugar uno de los acontecimientos más misteriosos e inquietantes de Toledo. Cuentan que hace mucho tiempo, y hablamos del siglo XVI, no había tales jardines, sino el palacio de Don Enrique de Villena, un noble apasionado de la lectura y la alquimia que consiguió hasta el último momento sortear a la Inquisición.

Los conocimientos en alquimia de Villena eran tales, que poco antes de morir dispuso todo lo necesario para elaborar un elixir que le devolviera a la vida. Siguiendo sus instrucciones, su criado descuartizó al señor tras su muerte y metió todos los trocitos en una tinaja dejando que el elixir mágico fuera haciendo efecto. Con tan mala suerte que el hechizo tardaba varios días en realizarse y la población toledana empezó a echar de menos al Señor Villena.

Así que fueron a su palacio para ver si se encontraba bien, ya que no habían tenido noticia de su muerte, y presionaron tanto a su criado, que acabó confesando el motivo de la desaparición de su señor. Cuando los toledanos vieron que dentro de la tinaja estaba tomando una nueva forma el cuerpo descuartizado de Enrique de Villena, decidieron parar de inmediato el experimento y destrozaron la tinaja.

Cuentan que en ese mismo momento sonó un alarido infernal y todo el palacio quedó reducido a escombros. Y dicen los supervivientes que apareció un carro llevado por dos caballos alados negros que recogió al extraño ser que se estaba formando en la tinaja. Por miedo a ese lugar demoníaco, nadie se atrevió a reconstruir el palacio y el terreno quedó como zona de paseo, de tránsito o de descanso.

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